Fecha de caducidad

El tiempo va arando nuestra piel…

Huelga decir que el cuerpo humano es maravilloso. También es maravillosamente caduco.

Pasa el tiempo y te vas consumiendo, somos como velocímetros de coches. Empezamos en 0, vamos subiendo hasta llegar a nuestro funcionamiento óptimo para después caer lentamente hasta 0 de nuevo. Hay casos en que la vuelta a 0 es brusca, como un frenazo inoprtuno en la autopista.

Cada vez más tu cuerpo se retrae en sí mismo, cada vez más débil, más dependiente. Cada vez más, tu piel, más transparente y arrugada.

Y de repente todo carece de sentido, te conviertes poco a poco en sombra de lo que fuiste, de lo que significaste. A veces con unos pequeños destellos de luz sobre esas sombras. A veces con recuerdos borrosos, desenfocados y desdibujados como una mancha de tinta.

Y duele.

Sientes dolor, un dolor que te carcome por dentro como un fuego avivado con gasolina. Lo irónico es que no eres tu quien lo sufre, si no tus familiares. Ves como esa persona que te ha enseñado tanto, que se ha desvelado tanto por ti perdiendo sueño, cuidándote cuando estuviste enfermo, que incluso te puso siempre por delante de sus prioridades, se va apagando. Sus ojos ya no brillan como antes, tu tienes que sonreir y tragarte tu dolor.

Y duele.

Quiero salir a mojarme, pero hoy no llueve. Quiero salir a sentir frío, pero hoy no lo hace. Hoy no siento nada si conduzco a 180Km/h. No quiero conducir de noche persiguiendo una línea blanca tímidamente iluminada por unos faros, a veces continua, a veces no. Eso me hace sentir como si estuviera en el espacio, nada detrás, nada a los lados, solo importa lo que viene un segundo a continuación.

Tu vida sigue desarrollándose mientras ves como otra va desacelerando y sabes que llegará un punto en el que se detendrá el velocímetro. Es triste, pero es que nadie dijo la vida fuera fácil.

…dejándonos surcos en ella como cicatrices…
…de su silencioso paso.

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